El comienzo y el fin de una guerra, sea esta promulgada o no por las instituciones que la establece, son hechos que perturban la identidad. Los argentinos no estamos ajenos a esta ironía del hombre. A finales de la década del ‘70 y principios de los ‘80 la sociedad se replanteaba, angustiosa y reiteradamente, las sinrazones de la violencia instalada.
En Rosario singulares hacedores de la cotidianidad cuestionaban desde emergentes espacios sociales los desenlaces de una política que trituraba los derechos humanos. Artistas, hippies, músicos se reunían bajo el simple deseo de estar contenidos de alguna manera y en algún lugar.
Fue este fluir de encuentros azarosos lo que marcó un surco en la historia del rock nacional.
La Trova Rosarina; los Café Concert; los recitales espontáneos en pequeños pero intensos reductos son claros manifiestos que una subrealidad se entramaba a la par de los noticieros que hablaban de la Guerra de Malvinas y el caos socioeconómico en el cual estaba inmerso el país.
Personalidades como Juan Carlos Baglietto, Fito Páez, Rubén Goldín, Silvina Garré; Adrián Abonizio; Jorge Fandermole, Lalo de los Santos, entre otros; salieron del baúl musical en el que estaban guardados para despejar las mentes. Letras cantadas desde el alma. Tertulias relajadas en donde además de fundar nuevos estilos musicales se suscitaban debates y conciliaciones de subjetividades.
El auge de esta sonoridad particular devino de una imposición de los gobernantes de turno: durante la Guerra de Malvinas se prohibió difundir toda canción que no sea cantada en castellano, lo que instigó a rescatar al canta-autor local a fin de completar los minutos de los programas radiales.
El rock había dejado de ser el bicho raro para transformarse en la mascota mimada por todos porque sabíamos que nos devolvería con creces la atención recibida. Y el hecho que lo ratificara fue la noche del 14 de Mayo de 1982 cuando Juan Carlos Baglietto subió al escenario de Obras para abrir una nueva etapa en la historia  de nuestro país.
Inconciente, pero felizmente, la música fusionó heterogeneidades contrarrestando el oscuro contexto nacional: si en todos lados sonaban notas de guerra en Rosario se componía una melodía a favor de la humanidad.
Testificando, una vez más, que la voz humana no se puede reprimir a los golpes.

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