De las tablas de un rústico escenario rosarino a las riquezas naturales de San Marcos Sierra; Quique Pessoa es un tipo de esos que tienen instintos e inteligencia como hay pocos, y por eso logra posicionarse con luz propia en el cosmos que desea habitar.
Si en 1981 andaba en un autito amarillo, cual patito feo marcando huellas sobre la urbanidad rosarina, ahora merodea  entre las sierras de un pueblo en donde los árboles están cubiertos de moras y fresas, y el aire tiene tantos aromas como especies verdes.
Si en 1981 supo descubrir el valor inconmensurable de las canciones que serían  pioneras en la nueva era del rock nacional; ahora simplemente se dedica a coleccionar y dejarse atrapar por las delicadezas de faroles artesanales.
Si antes clamaba sacudiendo los brazos enfrascados en un traje negro  por las joyitas que él descubría gracias a su amplio respeto a los artistas y a los que hablan desde el corazón; ahora se dedica a disfrutar de la creación más maravillosa mientras charla por Radio Nacional Córdoba.
En realidad Quique Pessoa cambió solamente de ámbito geográfico porque sigue siendo el mismo hombre fascinado por el encanto de la vida.  Porque es imposible que un oso de voluntad  tan grande pierda la pasión por recolectar apasionados.
El Gordo –ahora flaco- nunca censuró a los entes vivos a los cuales eligió entregar su energía, llámense semillas, canciones, amigos, noches, amaneceres, montañas, etc…  ya que –como todo hombre de buena labia- fue uno de los pescadores más sabios a la hora de utilizar metáforas y cautivar a las musas creadoras de las nuevas formas de pensar y entender el mundo.
Por eso, lógicamente, si ahora su búsqueda espiritual se lanzó hacia las virtudes de la naturaleza, en 1981 estaba puramente abocada a las actividades de su hogar  preferido: el Café de la Flor de la calle Mendoza.
Quién te ha visto y quién te ve, querido Quique Pessoa: un hombre íntegro de pies a cabeza que no teme en revelar sus convicciones y hacer de estas un buen motivo para volver a las noches entre amigos cada vez que el cuore así lo solicite.

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