Pensar en la década del ochenta implica rescatar de la memoria emociones ciclotímicas de lo más diversas. Fue un momento áspero que vivieron todas las generaciones pero mucho más aquellos que estaban edificando su personalidad.
Si en el resto del mundo se potenciaban los acordes del sombrío y austero dark en bandas como The Cure, Bauhaus, y Joy Division; en Rosario fueron las canciones cargadas con expresiones de “paz y amor” las que coparon los oídos.
Este era uno de los tantos cruces con los cuales había que convivir y a través de los cuales armar alguna estrategia para arribar el famoso ‘contrato social’ entre militares empalagosos de poder decretando una ridícula guerra; adultos con brotes psicóticos desbordando miedo; y una economía del “deme dos” que ya no servía para dar felicidad barata.
Mientras tanto, y para nuestra suerte, dentro de toda esa maraña social, un grupo de jóvenes amantes del pentagrama alimentaban un submundo más humano y liviano bajo el amparo de un arte singular capaz de unir las partes separadas de una sociedad resquebrajada.
Era como si el sueño del Submarino Amarillo, bien pop y colorido, hubiese llegado al sur del planeta de la mano de la tribu musical rosarina.
Frescos en años y cachetazos de apatía, dedicaban su tiempo a reencontrarse en cualquier lugar del cual no fueran expulsados. Deambulaban de aquí para allá con montañas de letras intensas y carnales, y otras tantas andanzas rosarigasinas para contarles a los nietos.
En realidad no sabían muy bien qué era lo que estaba pasando pero captaban que muchos ojos estaban poniéndole fichas a sus creaciones. Y en este sentido hay que entender bien la palabra ARTE como símbolo que comunica valores, formas de vivir la vida, y sobre todo el de promulgar la libertad social y espiritual.
Así fue entonces como hundiéndose en las profundidades humanas para luego resurgir victoriosos en algún pequeño puerto/bar fundaron la máquina de hacer frases catárticas, luego reconocida como TROVA ROSARINA.
La historia del rock se encargó de grabar a fuego uno de esos múltiples recorridos: la noche en que la varita mágica tocó a Juan Carlos Baglietto en el Café de la Flor. Fue el día en que, luego de varios años de sostenerse íntegro desde los márgenes junto al resto de la pandilla, fue reconocido como una de las voces capaces de aglutinar los deseos del común de la gente.
Sabiduría popular que mezclaba reproches e ilusiones al ritmo de melodías contagiosas.
Tribu musical que fortaleció sus creaciones artísticas al servicio de la vida misma.
Submarino enorme que aún navega en los corazoncitos de todos los argentinos. |